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Vlad Guerrero Jr. intenta cumplir las expectativas de ser hijo de su famoso padre

VLADIMIR GUERRERO, JR. se hunde en una silla de plástico cerca de la suite de lujo del Marlins Park, con dos perros calientes encima de un plato de papel a una mano y una gaseosa en la otra. El joven de 18 años saca su teléfono, con un papel tapiz que muestra la camiseta con su número 27, y empieza a revisar mensajes de texto. Parece que todos quieren algo de él. Esta es la primera noche de la Semana del Juego de Estrellas, y Junior se fue de 4-2 con par de carreras en el Juego de Futuras Estrellas. Fue el pelotero más joven en ambos rosters. El partido fue un momento culminante tras el anuncio que sería promovido a Clase A alta en Dunedin, Florida, su recompensa por tres meses en Lansing, Michigan, en los cuales Junior tuvo porcentaje de embasado de .409 con siete cuadrangulares y 21 dobles. Ahora, el prospecto No. 2 del béisbol, según la revista Baseball America, Junior no sólo toma el próximo paso en el escalafón de la organización de los Azulejos, sino comienza a crear su propio legado en el béisbol... Y en su tierra.

En la parte trasera de la suite de lujo, su padre lo contempla, rodeado por amigos y familiares de la República Dominicana, California, Nueva York y Florida. A pesar de la pancita de edad mediana y el pelo muy corto, Vladimir Guerrero aparenta menos que sus 42 años. Su barba es afeitada en forma de V. Sus brazos son gruesos. Al caminar, aún muestra los glúteos hinchados de un atleta, los amplios hombros y las caderas. Bebe u trago de una cerveza Corona y mira nuevamente a Junior y las clinejas que reposan sobre su camisa.

¿Vlad irá a Dunedin a ver el primer partido de su hijo?

"No", responde el padre parcamente.

¿Está emocionado por la promoción de su hijo?

Vlad se encoge de hombros, toma otro sorbo de la botella. Se siente orgulloso de su hijo. Cualquiera que haya visto todas las publicaciones hechas por él en redes sociales lo sabe. Pero, hay una fibra competitiva que hace que Vlad (y a su hijo) eviten pasar mucho tiempo disfrutando de los logros de Junior. Su padre pasó la mayor parte de este siglo siendo uno de los peloteros más dinámicos. Hay mucho que su hijo debe lograr si quiere intentar acercarse a lo que Vlad hizo.

"Aún falta mucho", afirma finalmente Vlad. "Me emocionaré cuando llegue a las Grandes Ligas".

JUNIOR HIZO SWING al bate de 32 onzas y 34 pulgadas de su padre por primera vez a la tierna edad de 3 años. Conectó su primer cuadrangular en un estadio con dimensiones de Grandes Ligas en su República Dominicana natal a los 12. Cuatro años después, fue uno de los talentos más brillantes del béisbol en una isla que los produce por montones, y los Azulejos firmaron a Junior con un bono de $3.9 millones en 2015. Súbitamente, se convirtió en uno de los adolescentes más ricos del béisbol y de sobra, uno de los que carga mayores expectativas sobre él.

Sin embargo, desde que era muy niño, muchos se han preguntado si Junior podía hacerle honor al gran legado de su padre. Tras su firma, incluso después que un entrenador subiera una práctica de bateo asombrosa de Junior en YouTube, los críticos dijeron que su forma de fildear no sería tan prodigiosa como la de su padre. Dudaron de su brazo, nada que ver con su padre, decían. Hablaban con respecto a su ética de trabajo o más bien, se imaginaban la ética de trabajo de un chico que creció con todo a su alcance. ¿Puede un joven con un padre famoso y rico tener suficientes ganas a fin de conseguir una carrera en las Mayores? ¿Le importaría?

Las historias de crianza de Junior y su padre son diametralmente opuestas. Vlad creció siendo pobre en Don Gregorio, pueblo rural en la República Dominicana, a pocos kilómetros del mar Caribe. Usó limones en vez de pelotas de béisbol, bebía de agua acumulada en charcos porque la cabaña de su familia no contaba con agua o electricidad. Una vez, un huracán le quitó el techo a la casa, los seis miembros de la familia Guerrero debieron mudarse a una sola habitación y compartir dos camas.

Por su parte, Junior se movía entre espaciosos vestidores en Montreal, Anaheim, Arlington y Baltimore. Cuando veía a su padre trabajar, lo hacía desde una suite completamente equipada. Nunca ha sabido lo que es pasar hambre, dejar la escuela a fin de mantener a su familia y tener que depender de un helicóptero que dejara caer leche y azúcar desde el cielo.

"Sólo puedo imaginar lo que fue la vida de mi familia cuando requerían ayuda", indica Junior. "No fue fácil para ellos. Hicieron sacrificios. Me beneficié de ello. Pude vivir mi vida gracias a todo lo que pasaron antes que yo llegara".

Nunca fue presionado a practicar béisbol. No obstante, desde que Junior tomó el bate de su padre e hizo swing, Vlad supo que este deporte "estaba en su sangre, tal como me pasó a mí". Al crecer y pasar más tiempo en República Dominicana, Junior rogaba jugar pelota a diario, a veces dos o tres partidos al hilo. "Fui creciendo y adoptando lo que mi padre hacía", dice.

Las comparaciones eran, y siguen siendo, inevitables. Durante 16 años de carrera, Vlad conectó 449 cuadrangulares, acudió a nueve Juegos de Estrellas y se alzó con el Más Valioso de la Liga Americana en 2004. Se da por hecho su entrada al Salón de la Fama (le faltaron 15 votos este invierno en su primer año de elegibilidad). A Junior siempre se le recuerda quién es y lo que su padre ha hecho. En un estadio, una guía de medios o cruzando la calle, es Vladimir Guerrero, hijo. Siempre será el hijo, el segundo.

JUNIOR COMENZÓ A TENER IDEA de lo que su padre significó para el béisbol cuando tenía 10 años. Corría el año 2009, y toda la familia estaba en Anaheim para ver el jonrón 400 de Vlad. Por un momento delirante, los aplausos fueron tan ensordecedores que parecía que el estadio iba a colapsar.

Dos años después, en la República Dominicana, Junior bateó un cuadrangular significativo, el primero en un estadio con dimensiones de Grandes Ligas. Su padre oyó al respecto y, una o dos semanas después, acudió a uno de sus partidos.

"No quería que me viera", recuerda Vlad. "No quería presionarle. No quería quitarle la mente de su partido. Pero tenía que ir al estadio y verlo".

Se escondió, por un lado, muy metido en los jardines, cuando su hijo se paró en la caja de bateo y miró al lanzador. Entonces, para el deleite de su padre, Junior la despachó para la calle.

Junior crecía, y su padre le enviaba cintas de partidos. Junior las estudiaba, viendo a su papá hacer swing desde sus talones, despachando cuadrangulares con pitcheos que cruzaban las letras, conectando dobletes de pelotas a pocos centímetros del piso. Si bien Junior miraba y veneraba a su progenitor ("¿Mi papá? Es mi todo") también ha tomado distancia del legado de Vlad. "Quiero que la gente vea lo que yo puedo hacer, que no estoy aquí por mi apellido". Y aun cuando Vlad ha insistido que Junior haga su propio nombre ("No le hablo de expectativas, le he dicho 'No escuches lo que dice la gente, juega tu juego'") compara las estadísticas, swing y programa de su hijo con el suyo. Compiten entre ambos y se quieren a igual medida.

Junior dice que tiene más disciplina en el plato que su padre. Vlad dice que tenía más poder que su hijo. No obstante, ambos comparten el mismo swing, el mismo golpe y extensión y el mismo sonido del bate. Junior a veces batea sin guantes tal como su padre. "Pero", insiste, "no lo hago para que me comparen con papá. Es la forma en la que quiero jugar".

Vlad es realmente una figura paterna: Durante la última temporada muerta, le enseñó a su hijo a levantar pesas, diciéndole a Junior que la masa muscular era necesaria para mantenerse a finales de una larga temporada. Por tres meses en el invierno, Vlad ayudó a su hijo a entrenar: a las 7 de la mañana en el terreno, y luego cinco horas de pesas y bateo.

Los sábados y domingos, jugaban softbol en el infield y lo hacían como si sus reputaciones dependieran de ello. Junior, dice Vlad, es más rápido. "Porque es más joven. ¿Bateando? Le enseño que aún tengo con qué".

De esa y otras maneras, Vlad sigue siendo una referencia para la carrera insurgente de su hijo. Mantiene la cuenta de los jonrones de Junior y compara la cifra con la suya en Ligas Menores de casi 25 años atrás. Hasta julio en la presente temporada (la segunda de Junior como profesional), ha conectado siete. Vlad será el primero en recordarles que bateó 16 jonrones en su segunda campaña en menores.

Mientras Junior descollaba con los Lansing Lugnuts este año, una nota en el portal Web Bleacher Report comparaba sus habilidades con la de su padre. El manager de los Guerrero y amigo de la familia, Jesse Guerrero, envió por correo electrónico el artículo a Vlad, y luego le habló por teléfono. "Le comenté que el artículo decía que Junior podía ser el mejor pelotero de los dos", dice Jesse. Vlad respondió: Quizás tan bueno, pero nunca mejor. "Comienza a recitar todas sus estadísticas. Vlad dice que fue directo de Doble-A a Grandes Ligas, que bateó un jonrón en su tercer partido en las Mayores. Le digo, 'Sí, sí, es verdad'".

EN REPÚBLICA DOMINICANA, la casa de huéspedes de los Guerrero, una belleza de color toronja con una enorme piscina, se levanta sobre el Río Nizao, sobre una colina adornada con inmensas rocas blancas formadas con el número "27". El número es tan grande que puede ser visto desde el pueblo adyacente. Es un monumento al éxito de una familia y un recordatorio a la comunidad de las posibilidades que pueden bendecir hasta a los más pobres.

Vlad ha utilizado su dinero a fin de apoyar a la economía local. Ha sido dueño de un supermercado, una granja de vegetales y ganado, una compañía de distribución de gas propano, una fábrica de bloques de concreto y una tienda de ropa femenina. Hay historias de niños en edad escolar a quienes se les han donado lentes, de jóvenes peloteros que han recibido cargamentos sorpresa de guantes y bates.

Su hijo comparte esa generosidad. Las menores son una operación en la cual se compite ferozmente, quizás es el lugar en el cual el egoísmo te puede absorber más fácilmente. No se compite contra otro equipo sino contra sus compañeros. Aun así, en el clubhouse de Lansing, donde Junior pasó parte de su verano, fue conocido por darle su camisa a un compañero que la necesitaba. En un centro comercial durante un viaje en la carretera en Fort Wayne, Indiana, preguntó cuáles de sus compañeros tenían hijos pequeños. Compró bolsas llenas de ropa infantil para ellos.

"Cuando se ve el nombre Guerrero en la camiseta, uno puede empezar a hacerse ideas de quién es él", dice César Martin, nativo de República Dominicana y ex manager de Junior con los Lugnuts. "Sin embargo, nunca pidió ser tratado de forma distinta. No solo quiere hablar con los peloteros hispanos. Incluye a todos. No se cree especial. Trabaja intentando demostrar algo. Juega como si fuera pobre".

En Lansing, Junior compartió habitación con su abuela (a quien Vlad envió a fin de cuidarlo este año) y un compañero de equipo, Yeltsin Gudino, en el complejo de apartamentos cercano al jardín izquierdo. Su apartamento tenía dos camas. Una para la abuela y otra para Junior y Gudino. Gudino es un campocorto de 20 años oriundo de Venezuela con esposa y un hijo de 6 meses, quienes viven en Florida. Gudino extrañaba a su esposa y su bebé y tenía dificultades al plato. Leía constantemente las noticias en su teléfono, viendo como su país caía presa de la inestabilidad política. En la noche, después de los partidos, Junior se trasnochaba con Gudino.

Durante las peores noches, Junior llamó a su padre y le pasó el teléfono a Gudino. Vlad le explicó al joven que lo que podía controlar era lo que hacía al plato. Un bateador no podía perder la confianza, dijo Vlad, porque es lo único que tiene. Un ponche, un roletazo, un cuadrangular. No importa. Siempre hay que creer que uno puede tener una nueva oportunidad.

Esa conversación tranquilizó al joven venezolano. "El padre se parece mucho al hijo", dice Gudino. "Si necesitas algo, te ayudará".

ES EL DIA DEL PADRE. Vlad ve a su hijo jugar por primera vez este año. Luego de sorprender a Junior en el clubhouse de los Lugnuts, Vlad le lanza el primer pitcheo. Después del lanzamiento y el abrazo, Vlad se dirige a la suite del equipo a fin de ver el partido. En el camino hacia el túnel de concreto detrás del home plate, los aficionados gritan su nombre, saludan y se le acercan con pelotas y bolígrafos en busca de su autógrafo.

¡Siempre un Expo, Vladdy!

¡Vladdy, eres el más grande!

Vlad se sienta fuera de la suite, cerca de su prometida. Miran la alineación en la video pizarra del outfield. Junior es bateador designado ante los West Michigan Whitecaps, bateando quinto en el orden.

En la parte baja del segundo, mientras los asistentes en la suite adyacente miran a Vlad y buscan sus estadísticas de por vida en sus teléfonos, Junior se dirige al plato. En el primer pitcheo, conecta hacia segunda base. Es una conexión fuerte, pero out fácil. Vlad no se mueve.

En su próximo turno, con los Lugnuts abajo 5-0, Junior conecta un roletazo al pitcher. Vlad no hace muestra alguna de frustración. Se levanta y camina por la suite. Vierte una cerveza en una taza de anime y se sienta frente a la mesa. Mira el partido detrás del cristal. En el sexto episodio, Junior suelta otro roletazo al lanzador. Vlad no muestra emoción, sin embargo, mira el lenguaje corporal de su hijo cuando se dirige hacia el dugout. Lo ha estado haciendo durante toda la noche: está más interesado en la respuesta de Junior a los roletazos que a estos mismos. Busca los síntomas de madurez de un bateador.

Alguien le pregunta a Vlad: "¿Podrías batearle?

Vlad no evita levantar una ceja, y hace un gesto como diciendo "¿Qué crees tú?"

El partido es una felpa. Lansing pierde 10-1, Vlad le da la pelota de su primer pitcheo a su novia y sale por la puerta.

En la sala de fiestas del equipo anexa al jardín izquierdo una hora después, los jugadores de Lansing rodean las mesas de pool, bromeando unos con otros. Junior se sienta en la barra con una lata de gaseosa, con la mirada puesta en una lasaña. Su padre está a la derecha, con un plato de alitas de búfalo.

Sólo recientemente las personas han empezado a llamar a Vlad "Senior". Parece una palabra dura, como si fuera el tiempo pasado de un verbo muy vívido.

A Vlad no le gusta. "No está bien", dice. "Quizás en tres años. Me hace ver viejo. Soy Vladimir Guerrero. Siempre he sido Vladimir Guerrero".

El manager de los Guerrero les envía decenas de fotografías para ser autografiadas, las cuáles serán donadas a una organización que lucha contra el cáncer pediátrico en Canadá. Luego que se reúnen todas las firmas, 23 barajitas de novato de Junior son puestas en la mesa, y Junior las firma tranquilamente. Se saca otra barajita. Es Vladimir de novato en 1996. Era tres años mayor que su hijo hoy en día. Vlad toma la tarjeta y mira la foto de su juventud atentamente. Junior mira a su padre y se sonríe por su nostalgia. No puede resistirlo. Junior toma la barajita, la voltea y lee el reverso. Vladimir lo hace todo: correr, fildear, lanzar, batear para promedio, y batear para poder... Los Expos creen que será un bateador para .30 con potencial para conseguir 30-30.

"¿Eso es de hace 30 años atrás?", Junior se pregunta entre risas. Vlad se ríe también, sacude la cabeza y nota el sarcasmo de su hijo. "¡No!", exclama.

Junior guarda la barajita y se queda tranquilo. Tras un partido como el de esta noche, lo puede ver: el pasado de su padre se mezcla con su futuro, Junior pisa la caja de bateo en Toronto, listo para enfrentar al lanzador. El swing es familiar, la multitud ruge y el sonido es aún ensordecedor. Pero esta vez, Vlad Guerrero es el que está viendo desde las tribunas.

Por Robert Sánchez | ESPN The Magazine